• WEB INICIO
  • Demo


  • Congreso 2014
  • Comunicación
  • Organizaciones Sociales
  • Programas Comunitarios
  • Discapacidad
  • Centro Cultural
  • Editora UNR
  • Institucional
  • Pasantías
  • Proyectos Sociales
  • UNIDAD UVISA
  • UNIDAD UVISI
  • Demo

Novedades:

2ª Convocatoria a PRÁCTICAS TERRITORIALES UNIVERSITARIAS

Te presentamos a Gil Ramón González: referente de la Extensión de América Latina y Caribe

Presentación del Programa Académico Territorial en el Congreso de San Juan

Repositorio de objetos digitales educativos accesibles

Cuando el territorio habla


“Dale, hacé memoria. Vení, contame una historia. Para saber de dónde venimos y hacia a dónde vamos”

0 Comentario
 29 Jul 2013   Posteo de prensa

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars
Loading ... Loading ...


Es el título del Curso para Adultos Mayores que se lleva a cabo en el Club “20 Amigos”

La Secretaría de Extensión Universitaria y la Universidad Abierta para Adultos Mayores de la Universidad Nacional de Rosario (U.N.R.) están llevando a cabo un curso titulado “Dale, hacé memoria. Vení, contame una historia. Para saber de dónde venimos y hacia a dónde vamos”. El mismo, destinado a adultos mayores, tiene lugar los días viernes de 16:00 a 18:00 hs. en el Club Social y Deportivo 20 Amigos, ubicado en Felipe Moré y Uruguay, en la zona de Vía Onda.

“Se trata de tu casa, de tu club, de tu barrio. Se trata de evocar momentos y personajes inolvidables; de contar historias, de compartir recuerdos, de recordar anécdotas, personajes de nuestro barrio y de nuestro Club y entre todos reconstruir la historia”, explicó el Lic. José Osvaldo Dalonso, docente del curso.

Quienes participan de este curso encuentran un espacio donde compartir sus fotos, recortes de diarios u objetos, como camisetas, banderas y banderines, que pueden ser muy valiosas para apuntalar nuestra memoria y reconstruir la historia de este espacio que habitamos y que compartimos.

La propuesta está en ciernes, pero va tomando una deliciosa forma a través de relatos. En este caso, compartimos parte de los recuerdos de María Esther y un recital de Sandro; y los noviazgos, según Mónica.

Historias de las mujeres del barrio

Sandro en Servando Bayo

“Sandro fue lo más grande… Cuando conseguí la entrada fue… Fui una semana antes. Fue en Servando Bayo.

—¿Dónde la compró?

—La compré en Servando Bayo. Me fui una semana antes. Yo era fanática loca de Sandro. Entonces, me fui temprano…

Me fui temprano. Cuando llegué, había ido todo temprano… pero había muchos hombres también, muchos matrimonios, muchas familias. Y yo llegué, estuve como tres horas parada adelante. Empujé, empujé, empujé y fui llegando, y llegando, así; más o menos, y Sandro creo que vino a las tres de la mañana. Tenía que venir a horario.

Entonces, más o menos, cuando yo entré, bailé con algunos amigos, porque yo siempre tenía un grupito de chicos… éramos un montón, pero yo siempre bailaba con el mismo. Éramos cuatro o cinco, bailábamos uno con uno, así. Siempre bailábamos nosotros.

Nosotros nos juntábamos para bailar, porque a mí me gustaba bailar cruzado en ese entonces. Entonces, ahí, me gustaba bailar y que no me molestaran. Yo iba a divertirme. Hasta que me enteré que ya se empezaban a amontonar y me metí, me metí. Me apretaron y yo firme. Pum, a los codazos estaba. Yo me acuerdo que estaba y las nenas grandotas me empujaban y yo, pum, no me movieron. Y Sandro, era imposible pasar así… así que, por la casa de al lado, subió al techo y del techo, de ahí vino justo al escenario. Así que, por ahí, veo unas patas largas… y, cuando lo veo a Sandro, no lo podía creer.

Ahí (marca una distancia muy corta) lo tenía, ahí adelante, adonde estaba la ventana.

Hermoso, flaco, hermoso.

Así, me quedé. Y las otras, a los gritos, me volvían loca, me empujaban. No me movía. Me tiraban para atrás o para adelante.

—¿Y qué hizo cuando empezó a cantar?

—No, no, no soy de esas personas a las que les gusta gritar. Yo me emociono, miro. Entonces, yo era fanática, pero tranquila. Me gustaba, lo aplaudía. Decía, a ver, “dale, dale, Sandro”; “hola, mi amor”; le tiraba besos. ¿Viste? Y después, cuando se fue, salieron todos corriendo, pero ¡qué lo van a agarrar!

Estuvo cantando casi una hora.

—¿Volaban corpiños o era mentira eso?

—No, le tiraban las bombachas. Bombachas y corpiños. Le tiraban de todo. Le tiraban rosas, claveles. Le tiraban bombachas, corpiños.

—¿Se acuerda en que año fue?

—María Esther: Y yo tendría… más o menos… dieciocho años, diecinueve, más o menos. Dieciocho, por ahí.

—Sería por el año 70.

—Y, yo ahora, tengo 60. Y, sí, cuando él había dejado Sandro y Los del Fuego, y empezaba a hacer solista. Setenta, más o menos.

Yo me enteré, en sí, por otra persona, que me dijo: “Mirá que tal día, a tal hora, viene Sandro”. “No, dejá, qué va a venir Sandro a Servando Bayo”. “En serio. Gringa, viene Sandro a Servando Bayo”, dice. “¿A Servando Bayo?”, le decía yo. “Viene, Gringa, en serio”. Y, entones, ahí me puse en campaña, empecé a averiguar. Me junté la guita para la entrada.

—¿Usted trabajaban en esa época?

—Sí, sí, porque yo antes… siempre fui una persona independiente; porque, como de chica, ponele, este… vendía de todo un poco, en la calle. Vendía curitas, vendía medias vendía de todo un poco. Era vendedora ambulante.

… A mí, siempre me gustó de chiquita… a mí, mi abuelo me enseñó a ser independiente. Siempre me gustó tener a mí mi pesito. Entonces, como era menor, mi mamá vendía flores en el Cementerio La Piedad y yo empecé con ella a vender flores. Y, de ahí, bueno, yo era un poquito más chica; era tímida, pero en ese sentido era caradura, tampoco caradura, era decidida. Entonces, empecé a comprar flores, todas esas cosas. Empecé a vender. Entonces, conseguí… me encontré un par de amigos que eran paqueteros y empecé a ir a vender a Casilda, a todos lados. Empecé a ir a vender a los pueblos y siempre traía, siempre mi mamá… y, después, estaba con mi abuelo y me decía. “Fíjate con quién andás, fíjate lo que hacés”.

Me acompañaba mi mamá a comprar las cosas.

María Esther (1952)

Martes, jueves y sábados

Ah, la primera vez que se enteraron que tenía un novio, ¡Dios mío! Que fue mi marido el primer novio que tuve. Porque vos te tenías que casar con el primer novio que tenías. Sí, como obligada. Sí, porque si no eras una atorranta, una…

Claro, yo era chica me puse de novia con él. Bah, de novia, filito que se decía, y nos encontrábamos en la esquina; y no va que yo le decía a mi mamá que iba a hacer los mandados. Iba con el bolso y me encontraba con él en la esquina.

Estaba la cita en la esquina. No va que, tanta mala suerte, me ve una vecina. Entonces, cuando yo vi que ella me vio, cuando yo llegué a mi casa, ya le había ido a contar a mi papá. Dice: “¿Vos andás noviando?”. “Y, sí”, le digo, porque yo ya sabía que me había visto la mujer, ¿qué le iba a decir? “Bueno, decile al noviecito que tenés que venga a hablar conmigo; porque a mí no me gusta que mi hija ande haciendo pantomimas por las esquina”.

—¿Qué edad tenías?

—Quince años. Dice: “Decile que venga y hable conmigo”. Y yo le dije: “Daniel, dice mi papá que si querés salir conmigo, vas a tener que ir a hablar con él”. Fue. Tenía diecisiete años. Tenía dos años más que yo. Y fue y le puso los puntos mi viejo.

“Si vos querés ser novio de ella, vos tenés que venir martes y jueves, de las nueve hasta las diez, de las ocho hasta las diez; porque en esta casa se trabaja, así que más de las diez de la noche”. Así que a las diez se tenía que ir. “Y los sábados podés quedarte hasta las doce, si querés; pero a las doce te tenés que ir, porque ella es muy chica todavía para tener… nada que, como a mí no me gusta que ande por ahí, yo te hago que vos vengas”.

Venía martes, jueves y sábados. Los martes y jueves a las diez menos diez le agarraba la tos a mi papá. Empezaba “cof, cof”. Eso quería decir que se tenía que tomar el buque. Decía: “Daniel, le agarró la tos a mi viejo…” (ríe). Y los sábados, a las doce menos diez, también le agarraba. Así que se tenía que ir (ríe). Y el qué más quería, estaban todos los amigos esperando en el auto para irse de joda. Iban a Zavalla, Casilda; y yo, que era la novia, como una tonta.

—Capaz que tosía él…

—Capaz que tosía él, que estaban todos los otros esperándolo, que era uno peor que el otro.

—Y estaban en la casa con la mirada de los padres…

—Ah, sí, sí. Te dejaban un ratito, nomás; y, después, empezaron a hinchar los cocos, que “¿cuándo se van a casar?, ¿cuándo se van a casar?”. De miedo a que quedara embarazada, porque si llegaba a quedar embarazada, estando soltera era una deshonra.

—¿Y las primeras salidas?

—Bueno, la primera salida fue al cine y… un día sábado. Y me dijo: “Mirá, yo te voy a dejar ir al cine; pero a las doce vos tenés que estar acá. Si vos no cumplís, no te dejo nunca más”. Bueno, fuimos con Daniel al cine, todo lo más bien. Cuando salimos, íbamos caminando, cuando íbamos llegando a Mitre, que justo pasaba el 201, en aquella época, que ahora es el 125, se nos fue. A mí me agarró dolor de estómago. Se me transpiraban las manos, porque ya sabía lo que me esperaba. Media hora, una hora, esperando el otro colectivo. Cuando llegamos, tocamos timbre, sale mi viejo en pijama: “¿Estas son horas de venir?” Ja ja ja. “¿Yo que te dije a vos?”. Pero ni me dejaba hablar, yo quería explicarle que se me había ido el colectivo. Dice: “Bueno, de ahora en más, no me pidás permiso para ir… no tenés más permiso”. No sé cuánto tiempo que no me dejó ir a ningún lado. O sea que no disfrutabas nada, porque vivías atemorizaba ja ja ja…  por el horario. Claro.

Mónica (1960)

 

 

 

 

 

 

    Compartir

Escrito por prensa





© Copyright 2013 - Todos los derechos reservados - Se permite la utilización total o parcial de los artículos sólo citando la fuente.